Por María Inés Maceratesi

Maria Ines Maceratesi

Febrero es el mes sandwich entre las vacaciones y la vuelta al trabajo o a los estudios, o las dos cosas a la vez. Revisando cuántos episodios de inseguridad hemos visto a través de las pantallas de televisión, podemos intuir que seguramente han sido muchos más, porque no todos son difundidos sino aquéllos que ya no tienen remedio o son más sangrientos.

Si tuviéramos la ocasión de analizar el motivo de algunos de esos episodios, quizá descubriríamos que se podría haber hecho algo antes de que sucedieran o por lo menos, mediante la prevención, haber intentado intervenir para minimizar los resultados.

Hoy sabemos que toda la sociedad está en crisis de valores pero también sabemos que no todo está perdido. La familia como institución contenedora y cimentada en un matrimonio entre un hombre y una mujer, dicen los más progresistas que es cosa del pasado, que ya no importa cómo está conformada una familia sino que los hijos, propios o adoptados, reciban amor.

Por supuesto que el amor es lo más importante pero tendríamos que preguntarnos qué significa amar y qué responsabilidades conlleva.

Si la familia como la conocíamos hace años no existe más, entonces tenemos que admitir que también cambiaron situaciones básicas: la del padre que se ocupaba de buscar el sustento para toda la familia, la de una madre que se encontraba la mayor parte del tiempo en casa, y la de unos hijos que crecían en la comodidad de sentirse protegidos por papá y mamá.

Hoy en cambio, la mamá es una profesional exitosa, una empresaria ascendente que sigue estudiando para no perder oportunidades laborales o que tiene que viajar constantemente para conservar un puesto laboral en del que fácilmente sería desplazada en caso de no poder cumplir con los pedidos de la empresa y papá no está porque también está recargado de trabajo o porque formó otra familia.
Las cosas son así y ya no volverán para atrás, una familia funciona hoy de otra manera, diferente de la que estábamos acostumbrados décadas atrás.

Pero hay cada vez más, familias que se unen para las vacaciones y pasan algunos días todos juntos, lo cual es saludable pero tiene también sus problemas porque son tantos los momentos no compartidos, que parece más una reunión de desconocidos que una convivencia de padres e hijos donde lo más importante parece ser el dejar hacer, el no intervenir, el no prohibir nada a los hijos.

En esta vorágine de sucesos que se viven con tanta prisa, hay situaciones que dejan de tenerse en cuenta. Volviendo a los episodios de inseguridad y a las vacaciones, hay un punto donde se descalabra todo, los chicos quieren moverse a su antojo, salir y experimentar sensaciones nuevas pero aún son muy chicos o no tienen desarrollado el sentido de la responsabilidad y la percepción del riesgo; es así que quieren por ejemplo, manejar un cuatriciclo y los padres se lo permitan aún a costa de algunas discusiones y berrinches.

Estando en la zona de Cariló/ Pinamar, hemos visto este año, bastantes controles en lo relativo a pedir que quienes manejan estos vehículos, lo hagan con casco y tengan registro más algunas pautas que los padres- me refiero al papá varón en los casos que presencié- asume como una responsabilidad y se compromete ante una autoridad a cumplir con los requisitos pero, una vez que le dan la autorización, llevan el cuatriciclo y los chicos, a la frontera, allá donde no hay controles y se los ceden para que los conduzcan con el resultado que todos conocemos, accidentes en los que se lastiman o lo que es peor, mueren porque no tenían el casco puesto por ejemplo.

¿Qué ejemplo dan los adultos a los más chicos? ¿Si ellos transgreden las normas por qué no las van a transgredir los hijos?. ¿Alguien tiene en cuenta que es cuando no nos ven cuando más tenemos que respetar las normas?

Ante todo ésto se preguntarán quienes estén leyendo este Editorial ¿y qué tiene que ver que cambió el sistema familiar con los accidentes en cuatriciclos? y podríamos responder que tiene mucho que ver porque en pos de pasar unos pocos días sin problemas, se les deja hacer a los hijos todo lo que quieran, no se hace prevención porque no vaya a ser cosa que se enojen y nos tomen por malos padres, aburridos o castradores.

Yo hoy apelo a las madres que, aunque tengan todas las tareas y agobios propios de la vida, tenemos un sexto sentido y una forma de encarar la vida diferente de la que tiene el hombre, somos más perceptivas, intuitivas, emocionales y generalmente nuestro sentido común está bastante desarrollado. Podemos intuir si un hijo está en peligro, si conviene o no dejarle realizar actos que lo ponen en peligro o tener la valentía de apartarlos suavemente de lo que pueda dañarlos. No tengamos miedo porque un permiso mal dado en el momento inoportuno, puede costarles la vida.

Si van a salir y ya tienen edad para conducir un auto, reforzar el pedido de que no beban alcohol, que en su grupo de amigos se elija un “conductor designado”, que no entren en peleas ni provocaciones por ninguna razón porque más vale pasar por tonto que caer en riesgo de perder la vida. Y si van con el padre a alquilar un cuatriciclo en la costa, no rompan las reglas ni los mandatos porque lo que se juega es la vida. No se es más hombre por lo que se transgrede.

Por último, apelamos a las mujeres porque, en los cambios que estamos necesitando como sociedad, nosotras las mujeres, tenemos un rol fundamental porque aportamos esa cuota de sensatez que quizá les falta a los varones -no a todos por supuesto – pero basta de muertes, de daños cada vez más extremos, tanto físicos como psicológicos, las peleas por el status, por igualarnos en el uso de bienes suntuosos que nunca nos conducen a la felicidad. Porque el amor que mencionábamos al principio como constitutivo de la felicidad, está conformado por derechos y obligaciones, por permisos y prohibiciones, por enseñar y transmitir que la vida es el bien más preciado que tenemos y no hay que ponerla en jaque por unas vacaciones mal aprovechadas.