Educación Vial- Conócete a tí mismo

Han pasado ya varios días desde el desdichado hecho producido en las playas de Pinamar en el que perdió la vida un niño de doce años. Los acontecimientos de la vida diaria se suceden vertiginosamente, una noticia tapa a la otra y así vamos perdiendo noción de la dimensión de ellos. Pero la pregunta sigue siendo…

¿De qué modo se pueden reducir o suprimir los siniestros viales?

En este tiempo tan impregnado de una marea de acciones orientadas a ello, me hacen pensar si estaremos transitando por el camino adecuado, si no nos faltará una buena planificación y trabajo de equipo interdisciplinario.

Analizando en las redes sociales y otros medios el tratamiento que se le da a la problemática vial, leyendo las opiniones de las personas en general, se puede advertir algo: ven una causa puntual de accidentes o se horrorizan con el número de muertos, la cantidad de conductores que consumen sustancias psicoactivas, se horrorizan por los jóvenes que al volante se sienten superhéroes y en general, no se pone la mirada en el fondo, en la base de la problemática.

Porque lo que ahora es una gran problemática, ¿siempre lo fue?

Todos nos sentimos capaces de contribuir a la salvación de vidas humanas y ponemos el acento en las causas, en los aditivos externos que debe poseer un vehículo para ser seguro y aún así, vemos con dolor que siguen produciéndose choques que se cobran vidas y más vidas.

Nos afanamos buscando soluciones en la superficie pero sin llegar al hueso de la cuestión. Si manejar o conducir, si tenemos conductas de riesgo, si percibimos el riesgo adecuadamente y otras tantas preguntas nos vamos haciendo personalmente y como sociedad.

Y quizá valga la pena detenerse y preguntarse ¿qué le pasa a quien conduce un vehículo? o la pregunta correcta sería ¿qué le pasa a una persona que circunstancialmente se sube a un vehículo y se deja dominar por sus pasiones?

Hay en todas las variables de análisis una que obviamos, ya sea por desconocimiento o por considerarla una antigüedad como es la inteligencia espiritual y adviértase que no digo inteligencia emocional sino  espiritual.

Porque pensamos que somos solamente un conjunto de huesos, músculos y nervios que además contamos con un cerebro y que hemos aprendido todo lo necesario en la vida. Aprendimos y seguimos aprendiendo ciencia, comunicación, economía, etc. seguimos incorporando información de todo tipo pero, no aprendimos ni por asomo a conocernos íntimamente y muchas veces decidimos que no es lo importante.

«Conócete a tí mismo» decía Sócrates y podemos interpretar esa máxima agregando: porque a partir del conocimiento que tengas de tu ser, podrás asumir que hay una parte tuya que desconocés.

Vivimos una época caótica y deberíamos preguntarnos por qué razón la cultura actual vigente, sea oriental u occidental presentan síntomas de decadencia. La respuesta podría ser sencilla si nos detuviéramos a reflexionar: falla por la base. ¿Cómo? ¿qué significa ésto? ¿que la familia no acompañó a la persona en su crecimiento? ¿que la educación falló?, ¿que los gobiernos nos imponen culturas foráneas?.

La respuesta es NO. Podríamos decir que todos actuaron y actúan con buena intención pero nadie ha sido capaz ni lo es en esta época, de enseñar al hombre a conocerse a sí mismo. Y lo mejor sería comenzar con los niños para que el día de mañana, conociéndose sepa conducirse y conduciendo un vehículo reconozca que alguna parte de su ser le impone ponerse límites. Gran tarea para los padres y la familia en general.

María Inés Maceratesi
Directora de EduVia
Orientadora Familiar