Ayer, con motivo de conmemorarse el  Día de la Seguridad Vial, recibimos numerosas gacetillas de Prensa en las que se informaba cuándo, quién y por qué, se instituyó este día. El caso es que casi todas ponían el acento en las cifras de muertos, heridos y proponiendo trabajar en forma inteligente, con planes concretos, visión de futuro, trabajar en la educación de niños y adultos, de las familias destruidas y minimizar las pérdidas económicas.

La pregunta es: ¿qué es lo que falla si teniendo tan claro todo ésto, siguen habiendo cada día más problemas de tránsito, choques con víctimas fatales o heridos graves, tanto de niños, jóvenes o adultos?
Indudablemente no será fácil poner el acento en algo puntual porque todo es importante y todo se encuentra en crisis; una parte muy grande les corresponde a los gobernantes que no tienen visión de futuro y tampoco un poder de síntesis para proyectar a corto, medianto y largo plazo, hay mucha dificultad por parte de las personas en general, para ver una cuestión globalmente y obrar en consecuencia.

Hoy quisiera ir un poco más allá de todo ésto y proponer una mirada y una reflexión profunda sobre la sociedad en la que vivimos y nos daremos cuenta que casi todos consideramos la muerte como algo que no podría alcanzarnos, la disimulamos eliminando todo lo que nos lleve a pensar siquiera que ella existe. No es casual, el hombre tiende a la destrucción, es un ser que puede ser sádico, agresivo, malo o bueno, sólo tiene que disponer de su libertad como le parezca y, en circunstancias socioculturales confusas, adversas, anómicas, es probable que tienda a no tener la prudencia de hacerlo de manera efectiva y tendiente a cuidar la vida propia y ajena.

De ahí que considero que mucho antes de impartir Educación Vial a cualquier edad, es imprescindible enseñar a pensar, a reflexionar, a plantear cuestiones en las cuales entre en juego la opción personal que por supuesto, está regida por la libertad. Para tal fin son excelentes tanto los juegos de mesa como de los electrónicos en los cuales muchas veces aceptamos y nos reimos ante las pequeñas trampitas o transgresiones que se hacen para ganarle al oponente.

El buen uso de la libertad requiere también de una correcta lectura de las normas, de una aceptación inteligente de los límites y de una decisión de aceptarlas y ponerlas en acto sin importar si ello incluye un sentimiento de estar pasando por tontos ante otros.

Especialmente con los niños, la familia tiene una gran oportunidad para comenzar a practicar mediante el juego, el hecho de saber distinguir entre una norma que está diseñada para cuidarlos y la tentación de desestimarla.

La templanza necesaria para hacerlo, lleva muchos años, los de la infancia son irreemplazables, quien aprende a vivir viendo a sus mayores ejercer su libertad con respeto por todo cuanto está estipulado para el bien común, crecerá repitiendo e imitando esa conducta sin excluir, claro, que estamos hablando de normas y leyes coherentes, que pueden discutirse pero no transgredirse cuando son para el cumplimiento de todos los habitantes de un lugar.

La educación no es simplemente conocer datos o contar con información, sino que es principalmente apuntar al desarrollo de la conciencia moral. Un conductor puede ver una señal de tránsito y decidir libremente, si coacción ninguna, respetarla o ignorarla cuando lo que debería hacer es simplemente respetarla aunque no esté de acuerdo. Ojalá cuando llegue el próximo Día de la Seguridad Vial, estemos inmersos en la tarea de generar ámbitos de formación en este sentido, especialmente con la familia, primera educadora y formadora de personas.

María Inés Maceratesi