Las noticias sobre los accidentes viales siguen sucediéndose a diario, todas las mañanas al encender la radio o el televisor, podemos ver imágenes horrorosas de choques entre automóviles, motos, camiones. Estos accidentes se cobran un número considerable de vidas humanas y los que sobreviven a los mismos, quedan con importantes secuelas físicas a las que se deben agregar los traumas psíquicos producidos por los impactos.

Las avenidas y autopistas se han convertido en trampas mortales en las cuales, y en cualquier momento, cada persona puede ser una posible víctima, tanto si se trata de un transeúnte como si se viaja en autobus, en taxi o simplemente con el propio automóvil.

En estas condiciones, salir a la calle o a la ruta ya no es un placer que nos llevará a nuestro destino, sino que se convierte en un episodio que querríamos, a toda costa obviar, porque nos produce una gran angustia y ansiedad.

Ya no basta con cuidarnos, con reducir la velocidad, con usar todos los dispositivos que hacen a la seguridad dentro del auto, no basta con respetar las normas de circulación, nada es suficiente, la pregunta es ¿qué nos está pasando a los seres humanos que le damos tan poco valor a la vida?.

Personalmente me pregunto si los planes de educación y seguridad vial estarán abordando todos los temas que sería necesario abordar porque, ¿de qué sirve que una persona se interiorice de todos los requisitos indispensables para evitar accidentes si no está dispuesta a cumplirlos?.

Y estas preguntas me interpelan a diario:

¿Cómo y de qué manera habría que encarar una acción que despierte a las personas y les haga entender que cuando reciben su registro de conducción están asumiendo un compromiso consigo mismos y con los demás?.

¿Por qué los argentinos somos tan indisciplinados y tan reacios a cumplir con normas y leyes que están hechas para ordenar el tránsito?

¿Por qué los policías que están en algunas calles y ven las infracciones que cometen conductores y peatones hacen como si no vieran nada?.

Somos una sociedad ecléctica y esquizofrénica, necesitada de curación, necesitamos curarnos de la indiferencia, de la arrogancia, de la omnipotencia, de la transgresión y de muchas otras calamidades para entender la fragilidad de la vida, para entender que cuando la vida se desprecia y se subestima, se nos impone con toda su fuerza y nos da una gran cachetada que, en el mejor de los casos, nos hará tomar conciencia de su valor y en el peor, la habremos perdido y habremos dejado huérfanos a familiares y amigos que vivirán por siempre con un dolor profundo.

La orfandad es otro de los males de nuestro tiempo, vivimos como si no tuviéramos raíces, apurados, tratando de llegar más rápido no sabemos a dónde ni porqué ni para qué, ya que una vez llegados a la meta elegida, seguimos corriendo.

Esta sociedad está necesitando adquirir elementos de reflexión, parar un poco la acción y tomar elementos de la filosofía de la lentitud.

Quizá necesitemos incluir en los equipos que se ocupan de la educación y seguridad vial para adultos, un filósofo, un psiquiatra, un psicólogo, necesitamos que nos sacudan y nos encausen por la senda recta, estamos muy torcidos, como aquéllas plantas a las que, si dejamos crecer sin un tutor, se desparraman para cualquier lado y pierden su forma. Estamos perdiendo lo esencial al ser humano, lo que nos hace humanos, estamos perdiendo la razón y las razones que nos rigen son tantas y tan caóticas que no sabemos qué hacer ni cual cumplir.

Se me ocurrió realizar esta reflexión luego de la serie de accidentes de tránsito que se han producido en todo el país y pensaba que ojalá tengamos la intención de incluir en nuestro equipaje algunas cosas que no se ven pero juegan un papel importante a la hora de salir a la ruta o a la calle.

Respeto
Tolerancia
Paciencia
Solidaridad
Comprensión
Tranquilidad
Responsabilidad
Buenos modales
Pensar en el otro

y quitemos del equipaje aquéllos que no nos servirán para nada:

Ira
Cólera
Malos modos
Intolerancia
Arrogancia
Petulancia
Competitividad
Irresponsabilidad
Ansiedad

Me molesta que a veces debamos ser tratados como niños, que nos tengan que retar, multar y castigar para educarnos pero reconozco que a veces es necesario; aún así nos rebelamos porque creemos no merecernos un trato hostil.

Ojalá maduremos y así quizá, siendo adultos responsables, lleguemos a conformar una sociedad madura y respetuosa de todos y cada uno, con menos accidentes viales, con menos inseguridad, con más justicia y equidad, una sociedad en la cual todos tengamos bien en claro cuales son nuestros derechos pero también cuales son nuestras obligaciones.

Texto: María Inés Maceratesi