En la prevención de accidentes hoy, la mira apunta a los niños para que éstos sean los que concienticen a sus padres y otros adultos, sobre la necesidad de conducir un vehículo con responsabilidad y respeto por las normas vigentes en el lugar donde cada familia reside.

Si bien es una realidad, no me termina de convencer como adulta, como madre, como docente, es más, me avergüenza porque me hace pensar hasta qué punto hemos llegado los adultos en nuestro rol de referentes de los niños para que ahora sean ellos los que nos digan cómo debemos comportarnos.
Algo sin duda, está fallando y debemos reconocer que vivimos en una sociedad adolescente, con ciudadanos que no terminan de comprender la importancia de tener un comportamiento civil acorde con lo que se espera de un adulto.
Ésta y otras tantas razones hacen que en materia de educación vial, los expertos hayan optado por partir de los niños pequeños. Pero paralelamente deberíamos corregir la situación de la población adulta, dado que la responsabilidad de los padres es uno de los pilares sobre los que se asienta la prevención.
Y aquí es donde muchos adultos fallan al no encontrar los medios para influir positivamente en la conducta de sus hijos, tanto en lo concerniente a la conducta vial como en la conducta personal en general.
Uno de los elementos que están ausentes hoy en muchos hogares es el deseable ejercicio de la autoridad por parte de la familia y cómo encaran los padres la alternativa del NO ante una solicitud por parte de alguno de sus hijos o hijas para hacer uso del automóvil, de la moto, de la bicicleta, en condiciones óptimas para que, si tienen la desgracia de sufrir un accidente, sea únicamente por la acción del azar y no por desidia.
Será interesante evaluar nuestra conducta como peatones respondiéndonos: por dónde caminamos, por dónde cruzamos la calle, a qué paso cruzamos, nuestra actitud frente al semáforo, etc.

Para evaluar cómo cruzamos la calle, basta pararse en una esquina y mirar qué hacen los demás y compararlo con qué hacemos nosotros, y veremos que es muy común que algunas personas crucen sin repetar el semáforo, o a mitad de cuadra, escribiendo mensajes de texto con el celular y muchos, cruzando con algún cochecito con un bebé, o con niños de la mano.

Ante el semáforo se nota que algunos se lanzan a cruzar la calle automáticamente antes de que termine de ponerse la luz verde sin comprobar si viene algún vehículo rezagado que intenta pasar con la luz amarilla; al avanzar el que tienen a su lado o delante, repiten el movimiento y cruzan sin comprobarlo. ¿cuánto tiempo se puede perder esperando la luz verde o el muñequito blanco que nos indica que podemos avanzar?
Tampoco damos ejemplo a la hora de conducir, porque seguimos atendiendo llamadas al celular a pesar de las advertencias reiteradas para no hacerlo. Un párrafo aparte para los padres y madres que llevan y retiran a sus hijos de la escuela y provocan un caos vehicular en horas pico:

Estacionan en doble fila

Obstruyen la entrada de cocheras familiares
Algunos bajan directamente a buscar a sus hijos dejando el auto en marcha o en doble fila taponando a los que vienen detrás
Conducen con la bocina y paran en lugares vedados
.


Ante ésta y otras imprudencias ¿qué esperamos que aprendan los niños?, ni más ni menos que a hacer lo mismo que ellos.

Otra actitud que evidencia la falta de interés por el otro, se observa en la circulación por las veredas de calles y avenidas es ésta: circulando en sentidos opuestos, es muy difícil que cuando llega el punto de encuentro, donde alguno tiene que moverse hacia algún lado para dejar pasar al otro, se produzca una gentileza por parte de los hombres hacia las mujeres, de los niños hacia los adultos, de los adultos hacia los ancianos.
Lo común es encontrar personas que caminan de manera autista, chocando a cuántos pasan a su lado, parándose a mirar vidrieras sin importar si otro estaba haciéndolo primero; con un empujón lo desplazan y listo. Las señoras que circulan con bebés en cochecitos no tienen ningún cuidado y atropellan a otros peatones.
Uno puede ir caminando tratando de mantener la calma y de repente siente que sus talones son embestidos por las ruedas de unos cochecitos que, para colmo, son enormes y ocupan gran parte del espacio de una vereda.
Y podríamos seguir describiendo situaciones que denotan que, tanto en lo concerniente a lo que acontece en las calzadas, en las rutas, en las autopistas, como lo que sucede en las aceras de avenidas y calles, muestran que el gran ausente es el respeto y el tener en cuenta a la o las personas que circulan al mismo tiempo que nosotros.

Todas las situaciones evidencian una ausencia de valores considerados básicos para que una sociedad pueda contar con un tránsito ordenado y relativamente seguro. El respeto y la responsabilidad encabezan la lista, seguidos de la solidaridad necesaria como para entender que en este mundo, en esta realidad, en este país, en esta ciudad, en este barrio, simplemente somos uno más, no vivimos solos, sino que convivimos con otros y que compartimos lo que nos pasa. Y en materia de educación de las costumbres, en materia de urbanidad, nos falta muchísimo, de ahí que se debe interpelar a la familia, porque allí es donde se adquieren hábitos y costumbres.

María Inés Maceratesi