El sistema circulatorio de nuestras ciudades


Imagine el sistema circulatorio del cuerpo humano. Un conjunto de elementos fluyen en un medio líquido circulando por vías más anchas o más angostas, arterias, venas y capilares dispuestas a lo largo y a lo ancho de nuestro cuerpo para llevar elementos indispensables para la vida y el funcionamiento de cada una de las partes de nuestro organismo.

La sangre fluye, se mueve, bombeada por el corazón y el milagro de la vida se mantiene sin problemas ya que cada célula de nuestro cuerpo recibe el oxígeno y los nutrientes que hacen posible el metabolismo celular y entrega las toxinas para desecho que se liberarán oportunamente fuera de él.

Sin embargo, algunas veces se presentan problemas de circulación. Progresiva o abruptamente algo pasa y alguna vía comienza a taponarse, su diámetro disminuye, la sangre no fluye como siempre, el tránsito de nutrientes y oxígeno se complica. Los síntomas de que algo anda mal no tardan en manifestarse. Alguna parte del cuerpo, o todo él en su conjunto, se descompone, según cual sea la zona del problema, y sus consecuencias se manifestarán de diferente manera.
Puede resultar extraño comparar el sistema circulatorio del cuerpo humano con el sistema del tránsito. Sin embargo, se parecen bastante. Las vías de circulación vehicular, calles y rutas, cumplen la función de conectar, como las venas y arterias, distintas partes de un territorio habitado por gente que necesita nutrirse, intercambiar productos, llevar y traer, para hacer posible la vida de cada ser humano, el equivalente a cada célula del cuerpo.

Ahora bien, estas vías de circulación pueden ser suficientes para el fluido tránsito de personas y productos de cada día o resultar insuficientes. Pueden permitir una circulación sin inconvenientes o empezar a presentar problemas porque algunos obstáculos disminuyan el diámetro del espacio de circulación, por ejemplo, vehículos estacionados o detenidos, arreglos, piquetes, etc., o porque, la cantidad de elementos que circulan sea mayor cada día, para un espacio que casi nunca puede agrandarse, lo cual comenzará a alterar la circulación que se realizará con menos espacios entre los vehículos, elementos circulantes, hasta que la circulación se realice más lentamente y, eventualmente,
se detenga.
Los problemas en el conjunto del funcionamiento urbano no tardarán en manifestarse: las personas y los servicios que éstas presten, y los bienes, comenzarán a llegar tarde y mal. Habrá problemas en el funcionamiento social. Por ejemplo: el intento de recuperar el tiempo perdido propiciará comportamientos de riesgo en los conductores con su consecuencia inevitable: mayor siniestralidad vial.
Ahora bien, si continuamos con nuestra comparación, podríamos afirmar que el sistema del tránsito actual está enfermo por diferentes razones. Muchos dicen que un factor de peso es el aumento del flujo vehicular con un caudal cada vez mayor de vehículos de todo tipo.

Sin embargo, las principales ciudades europeas, por ejemplo, han visto crecer año a año la cantidad de vehículos y, simultáneamente, han disminuido sus índices de siniestralidad. La realidad es que en nuestras ciudades argentinas existen problemas diversos que empeoran la situación, por ejemplo, el estacionamiento indebido de vehículos que, como si fueran placas de ateromas, achican el área de circulación que, es cierto, resulta cada vez más pequeño para albergar un creciente número de personas y vehículos.
Algunos tratamientos sistémicos eficaces
¿Cuál puede ser una solución inmediata para mejorar la circulación? Sin lugar a dudas, reducir en todo lo que sea posible las situaciones de estrechamiento del área de circulación, ordenando el tránsito en las zonas más densamente pobladas, impidiendo el estacionamiento o regulando el mismo, sobre todo la carga y descarga, fuera de los horarios pico o de más circulación. Para ello resulta imprescindible incrementar los controles y ser efectivos en las sanciones a los infractores, situación que en nuestras ciudades se muestra deficitaria.

También ayudará procurar disminuir la cantidad de vehículos circulantes desalentando el uso del auto particular. Esto último sólo se logrará brindando a la población la posibilidad de movilizarse por medios de transporte público masivo eficientes. El ideal, para las grandes ciudades, es el tren subterráneo y en todas, grandes o pequeñas, es fundamental ofrecer un eficiente sistema de transporte público colectivo, automotor y/o por ferrocarril.

Los carriles exclusivos para el transporte colectivo, el ordenamiento de la red vial identificando las prioridades de circulación según el tipo de uso del suelo, la construcción de centros de transferencias de cargas y una planificación urbana racional, contribuyen al mejoramiento, pero siempre que todas las medidas se planifiquen en forma «integral».

No existen las soluciones parciales, tales como desalentar el tránsito pesado en autopistas y no delimitar una red vial de transporte de carga y centros de transferencia de cargas para evitar la circulación de camiones de gran porte por cualquier vía, o permitir el estacionamiento en avenidas de zonas comerciales sin atender al flujo vehicular imperante.

Los resultados de las medidas aisladas suelen ser, en general, negativos. ya que, cuando se reduce u obstaculiza una vía de circulación, los que transitan lo hacen por vías aledañas, o sea, el problema no se resuelve sino que cambia de lugar.

Si continuamos con nuestra analogía corporal, podemos asegurar que nuestro sistema de tránsito se encuentra enfermo de gravedad. Y la atención de emergencia no está a la altura de las circunstancias.

Lic. María Cristina Isoba
Fuente: Revista «Luchemos por la vida» Nº 32