Desde los 14 años, conducía una moto sin registro, sin casco y, en consecuencia, sin cobertura del seguro. Pesaba sobre él una prohibición para manejar, que incumplía al punto de reincidir en la misma falta cuatro veces. En la última infracción, le secuestraron la moto y condenaron solidariamente al padre a pagar una multa de $ 800 y a controlar a su hijo para que acatara las leyes.

Todo fue en vano hasta que, en un fallo que fija jurisprudencia en la Justicia de Faltas de Vicente López, una jueza condenó al menor reincidente y a su padre a realizar un curso de seguridad vial y a asistir juntos a terapia familiar en una dependencia pública para «proteger al menor y rescatarlo para una vida responsable».

El fallo supeditó, además, el otorgamiento futuro de la licencia de conducir al cumplimiento efectivo de lo dispuesto por el tribunal.

Pero lo más novedoso de la sentencia radica en la imposición de psicoterapia en el Centro Municipal de la Niñez, «extensiva a todos los miembros de la familia que los psicólogos crean conveniente» para modificar conductas.
La jueza de faltas Marta Lakovich argumentó en su sentencia sin precedentes que «la conducta del hijo es consecuencia del ejemplo del padre», y que éste «ha demostrado en todo momento una actitud en contra de las autoridades y las leyes».
Comprobó que el padre, un ex miembro de la policía bonaerense, trabaja como remisero y que su vehículo no tiene habilitación como tal. Que había sido alertado sobre la conducta del hijo y no impuso ningún control. Y, cuando se presentó ante la jueza, se manifestó de forma irrespetuosa. La policía argumentó que el menor carecía de licencia porque su edad se lo impedía, pero que sabe manejar.
«No cabe duda de que los menores repiten lo que reciben en el seno familiar», dijo Lakovich, al vincular las faltas del chico con las del padre, quien tampoco tiene habilitación como remisero y al parangonar la actitud desairada del menor ante la autoridad durante el careo con la misma conducta que había tenido el padre delante de la jueza.

Lakovich se refirió también a la esterilidad de aplicarle multas, «ya que no las paga» -dijo- y a la necesidad de disponer una sanción que posibilite la reeducación del núcleo familiar para el respeto de las leyes de tránsito, como de la vida propia y la de terceros, debido a que el menor «conduce sin casco, realiza maniobras imprudentes y pone en riesgo su vida y la de los peatones.
Según la sentencia, el director de un colegio de la zona había también requerido la intervención de inspectores de tránsito para frenar «la imprudente conducta del menor con su moto».

En diálogo con LA NACION, el padre en cuestión, cuyo apellido no se revela para preservar la identidad del menor, reconoció las faltas del hijo y dijo que había asistido al centro para realizar la terapia, que no pudo comenzar por la expansión de la gripe A. Adujo, sin embargo, que el grueso de la condena de la jueza se basó en un testimonio falaz de un inspector de tránsito, que la magistrada no cuestionó.

«¿Qué padre responsable permite, luego de un apercibimiento, que su hijo siga manejando? Mi íntima convicción es que el menor imputado está totalmente desprotegido en sus derechos y deberes, ya que desde los 14 años conduce sin licencia, sin casco, con maniobras imprudentes y todos sabemos que una moto es un arma mortal para el que la empuña como para terceros. Es un tema de educación, en el que se nota que la conducta del padre es peor que la del hijo», dijo la jueza a LA NACION.

Loreley Gaffoglio

Fuente: LA NACION