Recibí este artículo de un pensador, escritor y analista social de nacionalidad española que periódicamente me envía sus artículos para publicar en mis sitios web y blogs, algo por lo cual le estoy profundamente agradecida porque jerarquizan el contenido de los mismos. Al enviarme este artículo titulado «El sentimiento de solidaridad» automáticamente pensé que muchos de los conceptos aquí vertidos eran aplicables a la seguridad y educación vial y al necesario cambio que todos estamos proponiendo en este sentido.
Pensé en adaptarlo, en quitar el contenido localista que tiene en ciertos párrafos pero luego consideré que debía publicarlo tal cual estaba escrito por su autor y que cada lector del mismo saque sus propias consecuencias. En definitiva alude a la solidaridad, un valor tan nombrado, tan demandado y tan bastardeado también, dado que cada quien lo aplica de manera que sea funcional a su proyecto, a su situación, a su contexto. La solidaridad mal entendida puede convertirse en individualismo.
Muy pocas veces veo que se tome la solidaridad en serio, que se aplique a todas las situaciones de la vida actual y que redunde en un clima social que se exprese en el bien común, también en el tránsito. Les dejo la nota para que la lean, relean y reflexionen y, si tienen ganas, hagan sus comentarios que serán bienvenidos.
 
María Inés Maceratesi

 

El sentimiento de solidaridad
por
Javier Úbeda Ibáñez

 

La mentalidad colectivista invoca un sentimiento nobilísimo, un sentimiento que toda persona éticamente normal tiene indudablemente que admitir. Este sentimiento es, en una palabra, el de la solidaridad, la cual, sin duda, es también una eminente virtud, cuando no se queda en algo momentáneo. ¿Y quién puede negar que esta virtud resulta enteramente indispensable para la vida social?

Por lo pronto hay –debe haber- un mínimo de solidaridad, cuyo establecimiento corre necesariamente a cargo del Estado. Ello bastaría indudablemente, para justificar la existencia de este organismo. La sociedad necesita del Estado ante todo y fundamentalmente porque hace falta una mínima solidaridad que, en cuanto mínima, es forzosamente exigible y para la cual ha de haber un órgano coactivo que en efecto la implante. De esta suerte y aun sin hacer aquí un esquema de la teoría del Estado, nos encontramos con la figura de éste como un organismo indispensable para la vida social.

Pero hay también otra forma de solidaridad, que es la que de veras se merece el prestigioso nombre de virtud. Se trata de la solidaridad libremente ejercida, la que brota, espontánea, de las mejores fuentes de nuestro espíritu cuando éste acierta a elevarse por encima de los objetivos egoístas que encadenan nuestro querer. Cabalmente, lo más propio del espíritu es trascender, no quedarse encerrado en lo meramente individual. Ya nuestro entendimiento está provisto de la capacidad de rebasar lo individual y concreto, formulando leyes generales que trascienden los límites de la simple experiencia sensorial. Y análogamente, la voluntad humana es capaz de querer el bien común, abriéndose al horizonte de un interés general que desborda los objetivos meramente particulares. En sus más altas posibilidades, el espíritu es siempre universalidad, tanto en lo intelectivo como en lo volitivo; de lo cual se desprende que, en principio, la solidaridad es cosa connatural al espíritu humano cuando éste no se encuentra falseado ni en ningún sentido se halla enfermo.

Todo ello nos permite comprender que la invocación de la solidaridad es una apelación a lo más noble y alto de nuestro espíritu. Ahora bien, el inconveniente del colectivismo estriba no en su inicial apelación a la solidaridad, sino en que acaba reduciendo ésta a sus formas coactivas impuestas por el Estado. De ahí que el colectivismo sea, en suma, un estatalismo o estatismo.