Por: María Inés Maceratesi

Comenzó el año 2008 y ya se han producido más de sesenta muertes en accidentes en rutas y calles de todo el país y, la discusión por estos días, en todos los medios de comunicación, pasa por descubrir dónde reside el problema, si en la falta de educación vial, si en la seguridad de los vehículos, si en el estado de las rutas…

A mi entender, como todo en este tiempo, no hay una sola causa ni hay un solo responsable sino que este estado de cosas se produce porque hubo años, décadas, en que se vivió al margen de toda norma, especialmente de la norma moral. Todos nacemos libres pero…¿nos da eso el derecho a hacer lo que nos viene en ganas?.

Escuché decir en un noticiero, a raíz de que en la ciudad costera de Pinamar (para los que no conocen es un lugar de veraneo muy elegante en la Provincia de Buenos Aires, Partido de la Costa) se está regulando y vigilando el uso de los cuatriciclos, que los conductores de dichos vehículos -en su mayoría adolescentes- carecen del registro especial necesario para su utilización, de modo tal que si llega a producirse un accidente o llegan a atropellar o matar a alguna persona, estarían en un grave problema.

Pero lo más significativo es que algunos padres y madres de estos adolescentes, se quejaban de que se les hiciera objeto de un control justamente en época de vacaciones y, lo peor aún, es que alguno dijo que si tenían dinero para comprar un cuatriciclo, también lo tenían para salir de cualquier aprieto. Una reflexión de lo más desubicada que nos da a entender que la corrupción está en pleno auge. ¿A quién medianamente educado en un sistema de valores morales claro se le ocurriría hacer semejante comentario si no hubiera un entorno sociocultural y político que lo avalara?.

No sabemos muy bien ni cuándo ni cómo ni qué tendrá que ocurrir para verificar un cambio de actitud en la sociedad y en esta cultura en que la vida es lo más barato, lo descartable y lo que menos merece ser cuidado. Quizá muchos estimen sus pertenencias como muy valiosas pero no advierten que lo más valioso que tienen es la vida.

Y ante la muerte de tantas personas…¿cuántas familias, amigos, conocidos quedan también afectados por un accidente?. Repito..¿por dónde comenzaremos a cambiar?, ¿de qué valdrá el esfuerzo de quienes ponen en práctica costosos planes de educación vial si no encuentran eco en personas, familias, gobernantes?.

La familia es hoy -y si no lo es debería volver a serlo- la encargada de dar ejemplo de vida, de comportamientos saludables, de respeto hacia los demás, de austeridad y de todo cuanto podamos imaginar sirve para construir un mundo mejor donde las personas aprendan desde la infancia que todos somos sujetos y no objetos, que los objetos están y sirven a las personas pero no los complementan, los que nos complementamos somos los seres humanos porque por el principio de solidaridad, lo que le suceda a un ser humano, aunque sea un desconocido para mí, me afecta y afecta mi vida y mi modo de estar en este mundo, nos afecta a todos y pone en riesgo la paz.

Ojalá seamos capaces de soñar con un mundo sin guerras, sin violencia, sin muertos inútiles, ojalá seamos capaces de cuidarnos los unos a los otros y no pensar siempre «a mí no me va a pasar» porque es lo peor que nos puede pasar pensar de esa manera; a todos nos puede suceder un accidente, a todos nos puede sorprender la desgracia a la vuelta de la esquina y el que hoy murió en la ruta, mañana puedo ser yo, el accidente siempre está latente, lo que tenemos que hacer es apelar a todos los cuidados posibles, y hasta los imposibles, para tratar de evitar una mala maniobra, una discusión que nos hace perder la racionalidad, un afán de competiitividad, de pasar al que viene más rápido que yo para hacer valer mi poder, mi automóvil más poderoso, etc. etc.

No todas las soluciones están en nuestras manos, pero muchas sí lo están; para empezar, si somos padres, educar en la responsabilidad, cuidar a nuestros hijos adolescentes sin tener vergüenza de ser tildados de sobreprotectores, enseñarles a cuidarse y a quererse en todos los órdenes y momentos de la vida y así, cuando llegue el momento de conducir un vehículo, seguirán poniendo en acto todas las enseñanzas y advertencias, obedecer las señales que indican qué sí y qué no y sobre todo, teniendo a la prudencia como guía para cualquier decisión.